Suelta Cristeto sus joyas documentales

Un ramillete de jotitos llegaba con su bolsita de ropa a las primeras marchas del orgullo homosexual, en los años 80 del siglo pasado. La cita era el último sábado de junio, a las 4 de la tarde, en la puerta de los leones del Bosque de Chapultepec, donde estos chicos se transformaban.

"Se ponían ahí cualquier cosita de maquillaje, y ya caminaban con sus vestiditos y sus blusitas", recuerda mi querido Juan Jacobo Hernández, fundador del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR), que con Lambda y Oikabeth convocaba a esas valientes manifestaciones pioneras.

La mayoría de aquellos travestis, entonces llamados vestidas, "no era de tiempo completo", aclara el activista que hoy tiene 78 años. "Es más, la mayoría no traía el cabello largo, largo, largo, lo traía de una manera ambiguona, que lo podía ocultar".

Recordemos que la exigencia fundamental de la Primera Marcha del Orgullo Homosexual, en 1979, fue "la erradicación de las razzias", por las cuales la policía capitalina detenía y vejaba a los lilos o mujercitos por el simple hecho de tener una apariencia afeminada.

Según León Toledo, asistente a esta segunda marcha de 1980, de izquierda a derecha empezando por la segunda: La Candy de la Caracol, la Percy de Neza, la Miss Alex del DF, la Wendy de Neza, persona no identificada y la Torera de Neza, "mi vecina de la colonia El Sol, la mataron los chacales con los que se ponía las grades pedas, en enero del 89".

De ahí que para las chicas trans "la marcha era una actividad sentida, era un espacio donde podían expresar sus necesidades, sus demandas, mostrarse como eran, sentirse bien, o sea, eran espacios de libertad".

También llamadas "vestidas de ocasión", refiere Armando Cristeto Patiño, "eran chicos fem, chicos femeninos", que representaban una minoría dentro de la minoría homosexual, y quizá no sabían qué era la ideología marxista que impulsaba a los activistas gays y lesbianas. Pero marchando con ellos se sentían a gusto y podían comulgar con consignas como "En mi cama mando yo" o "No hay libertad política si no hay libertad sexual".

Por "coyón", reconoce Cristeto que no participó en la Primera Marcha del Orgullo Homosexual. Pensó: "A lo mejor hay un apañón por ahí, nos detienen y tengo que llamar a mis papás para que me vayan a sacar de la delegación, y ahí la coartada de que nada más fui a fotografiar ya no me sale".

A la segunda marcha de 1980 asistió ya como gay y fotógrafo documentalista. Tenía 22 años (nació el 27 de octubre de 1957), estudiaba medicina en la UNAM y gracias al impulso de su hermano Adolfo, Adolfotógrafo, tres años mayor que él, en 1977 había participado en su primera colectiva, en el Archivo Fotográfico Casasola del INAH (hoy Fototeca Nacional), titulada Veinte fotógrafos mexicanos. Para esta exposición, Carlos Monsiváis escribió un texto de presentación titulado México a través de los flashes.

"A mí siempre me ha gustado el personaje", me explica vía telefónica el también curador. "El personaje como sea: sea bello, sea feo, pero que sea un personaje, que salga del común, y finalmente los chicos trans salían del común".

El común en esas primeras marchas para visibilizarse con orgullo eran los chavos como Cristeto: clasemedieros, universitarios, que acudían a manifestarse vestidos como en un día cualquiera y de acuerdo a las convenciones sociales de su género.

Aunque también participaba "gente de extracción popular, al menos en los contingentes del FHAR", puntualiza Juan Jacobo. Entre ellos hubo chavos punks de Iztapalapa, que no necesariamente eran homosexuales.

"Los punk se reunían mucho entorno a nosotros porque también se identificaban con la represión, por su apariencia la policía se los chingaba igual que a las travestis; entonces, fíjate, los dos extremos: los machines punk y los travestis recibían el mismo trato de la policía".

Yo me sentí cautivado y conmovido con las vestidas al contemplarlas guapas, sonrientes y orgullosas en las fotos de Cristeto, que el pasado junio compartieron en Facebook Juan Jacobo y mi comadre Alonso Hernández, director general de Archivos y Memorias Diversas y coordinador del Seminario Histórico LGBTTTI Mexicano.

Mirarlas y admirarlas fue un alivio a la patada en el hígado que es para mí que en junio el comadrerío millennials (y no tanto) se llene su boquita mamadora con la palabra pride, y en las redes sociales caiga de rodillas ante la imagen del bar Stonewall Inn de Nueva York y  los retratos de las activistas gringas Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera.

¡En México también tenemos historia desviada y vidas heroicas, chingaos!

Claro que durante cuatro décadas, estas entrañables imágenes habían permanecido inéditas, salvo las tres o cuatro que su autor "soltaba" en algunas de las exposiciones a las que era invitado. Con gran generosidad, el reconocido fotógrafo me contó su historia y envió medio centenar de fotos para que hiciera la selección que Nosotros los jotos se honra en mostrarte, querido lector, amable lectora.

"Nunca imprimí las fotografías, quedaron en negativo", revela Cristeto y explica que se debió a que le dio prioridad a sus series "de mayor propuesta": Apolo urbano, enfocada al mundo del físicoculturismo, una de cuyas fotos muy pronto se hizo no solo icónica sino un clásico del arte mexicano, y La noche del reventón, que explora la escena de los antros gays que le apasiona frecuentar (ambas series adquiridas recientemente por el Museo Universitario Arte Contemporáneo).

Por cierto que también me confesó que nunca ha sido "muy goloso de cámaras" y en sus 62 años de vida ha tenido "poquísimas", así que la mayoría de sus creaciones las hizo con la Canon AE-1 que, al iniciar los 80, le regaló su papá, Adolfo Patiño Mendoza, quien trabajaba como agente de tránsito.  

Agustín Martínez Castro con su pareja, Marco Antonio Arteaga, que a raíz de su relación se involucró en las artes visuales (1984). Ambos murieron en los 90 a causa del sida.

¿Por qué estas joyas documentales de nuestro glorioso pasado joto ven la luz ahora? Porque el buen Cristeto aprovechó la cuarentena debida a la pandemia de coronavirus para escanearlas, con la ayuda de su asistente.Y me aclara que no fue una motivación para "soltarlas" que este junio la 42 Marcha del Orgullo LGBT no pudiera ocurrir en las calles y tuviera que migrar a la virtualidad.

"Soy alguien que comulgó, que pertenece, que fotografió desde adentro, que me duele el asunto y estoy vivo, y si tengo la facilidad ahorita de estar mostrando este material, bueno, pues lo muestro", subraya con su tono siempre vehemente. "Creo que es su momento".

Antes de que le pregunte, Cristeto recuerda que Agustín Martínez Castro, su "súper brother", también fotografiaba desde dentro las primeras actividades del Movimiento de Liberación Homosexual. En 2018, sus negativos por primera vez se imprimieron y exhibieron ampliamente en el Centro de la Imagen de la Ciudad de México, en la exposición Piratas en el boulevard. Irrupciones públicas, 1978-1988, que curó mi también querido César González-Aguirre.

Nacido en 1950, Agustín le llevaban siete años a Cristeto, y ambos pertenecían al Grupo de Fotógrafos Independientes, convocado en los 70 por Adolfotógrafo.

Le comento a Cristeto que me gusta particularmente la foto de una hilera de personas que van marchando y que captó de espaldas, de la cintura para abajo, porque muestra la diversidad de los participantes a partir de sus zapatos: tenis, sandalias, guaraches y elegantes tacones de dama y caballero.

La diversidad en marcha: sandalias, guaraches y elegantes borceguíes.

"Ahí es donde me delato, o se ve que soy un fotógrafo de formación estética, con información, con toda una propuesta diferente", explica, "porque el fotógrafo de prensa hace lo más informativo posible: las mantas, las personas importantes, los activistas, los dirigentes. Yo también cubrí eso, pero en ese tipo de detalles, por ejemplo, que son soluciones de fragmentos y demás, hay una visión de fotógrafo".

En la cuarta marcha de 1982, a Cristeto le llamó la atención que hubo una "explosión" de "playeras bonitas", que se notaba que los participantes las compraron diciendo "esta me la pongo en la marcha porque está muy coqueta y además un poco jota". Como en esa ocasión lo que veía a su alrededor  "ya era un poquito lo mismo", enfocó su mirada fotográfica en estos detalles.

"Al mismo tiempo que daba la personalidad, universalizaba porque no pongo los rostros, y no caí en la tentación de hacer dos tomas, también porque es negativo, tampoco tomaba cientos y cientos, así es la solución", me ilustra el también profesor.

Entre los personajes retratado yo reconocí de inmediato a Juan Jacobo Hernández, del FHAR, delgado como siempre y con anteojos oscuros, y a Xabier Lizarraga, fundador de Lambda, quien vía inbox me asegura que en sus contingentes había muchos chavos clasemedieros, "pero también militantes de extracción más popular".  

El querido Xabier recuerda que en la sexta marcha llevaba boina y camisola camuflada "porque acabábamos de hacer pública la formación del Grupo Guerrilla Gay. Precisamente así ataviado di a conocer al grupo en una Semana Cultural Gay organizada por GOHL (Grupo Orgullo Homosexual de Liberación) de Guadalajara, en 1984".

También identifiqué al siempre aguerrido José María Covarrubias, fundador de la Semana Cultural Lésbica Gay, junto a su entonces pareja, Jorge Fichtl. Aparecen en el grupo detrás del águila del Hemiciclo a Juárez, donde se hacían los pronunciamientos.

Pero el más entrañable de los retratados es sin duda Gerardo Ortega, la Mema, vecino de Ciudad Nezahualcóyotl, asiduo a los populares relajos de los tíbiris y gran defensor de las vestidas.

"¡Cómo no fotografiar a la Mema y a (León) Toledo (que enseñaba sus nalguitas relucientes de pintura plateada) si iban en personajazo y ese día, tú sabes el argot periodístico, dieron  mucho color!  

"La Mema daba toda la protección a los chavos y de repente fueron esos chavitos, que eran pubertos, que iban al desmadre, pero un desmadres feliz, festivo, pues no agredieron a nadie, no insultaron a nadie, y eran centro de atención entre las miradas coquetas o entre los fotógrafos".

Cristeto documentó también ese desmadre festivo que hicieron los jóvenes punk alrededor de un performance que tuvo lugar frente a la Embajada Norteamericana. Así lo recuerda Juan Jacobo:

"Estaba muy dura la guerra en Nicaragua, en Salvador, la intervención (estadounidense) en Centro América, en el Caribe, y traíamos desde hace años la consigna de que cuando pasábamos frente a la embajada americana se hacían mentadas, se quemaban cosas, y en esa ocasión quemaron una bandera, el performance lo hizo Héctor León, que llevaba una faldita de lentejuela dorada y un sostén con dos globos llenos de pintura color de rosa. Cuando quemaron la bandera, él dio la vuelta hacia la hoguera, pinchó los globos y arrojó como leche rosa. Fue una cosa bien bonita y los que más disfrutaron fueron los punks: gritaron, brincaron y danzaron alrededor".

No con nostalgia sino con "mucho orgullo", Cristeto mira ahora estas fotografías que tomó hace cuatro décadas, a las que, reconoce, el tiempo les ha ayudado. ¿Qué te dicen hoy?, le pregunto a riesgo de parecer más obvia que de costumbre.

"A mí me dicen que hay todo un proceso histórico por el que hemos pasado, que se inició por un puñado de personas valientes, visionarias, tanto en organización como en la aceptación de ir a la marcha, con una voluntad expresa y un poco más de cojones, de valentía que los de diario para exhibirse públicamente y salir en el periódico, lo cual servía a otros como acicate, de estimulo para dar la cara".

¡Hasta el próximo choque de chichis y braguetas, señoras y señores míos!

Por favor usen bici, sientan orgullo de los héroes que nos dieron patria jota y, sobre todo, usen tapabocas y condón.

 

Coméntanos con libertad y RESPETO