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Inspira, a flor de piel

Inspira, a flor de piel

Por Antonio Bertrán

Cuando llegué abrieron varias ventanas y el viento circuló juguetón en el sexto piso del edificio marcado con el 51 de la Avenida Insurgentes, sede de Inspira Cambio. Con tan buena ventilación, y después de haberme lavado las manos, pude quitarme el cubrebocas. Lo mismo hizo Pablo Caisero, sentado frente a mí guardando la protocolaria Susana Distancia.

Así también pude mirar durante nuestra charla la franca sonrisa de este colega comunicólogo, quien a sus 41 años tiene pocas canas en la tupida cabellera de apretados rizos que enmarca su rostro de hombre blanco clasemediero, situación que –reconoció– lo ha favorecido para no padecer viviendo con VIH ante las desigualdades por el clasismo y racismo que imperan en México.

Harto de odiar durante nueve años su trabajo en una gran empresa de comercialización de medicamentos, Pablo llegó a colaborar en 2018 a la asociación civil enfocada a la prevención y atención del VIH, derechos humanos y salud integral de las personas LGBT con la que me gusta colaborar por su forma realista de enfocar las problemáticas, como las drogas con una perspectiva no orientada a la utópica erradicación de su consumo durante las prácticas sexuales (chemsex), sino a la reducción de daños.

También me seduce lo fresco de las estrategias de abordaje de Inspira (véase su página informativa Sácate la Duda, lanzada el 2020 en plena pandemia https://sacateladuda.inspiracambio.org/).

Claro que no llegan a las travesuras que condescendieron con mi cámara, nomás para seducirte, querido lector, amable lectora, y ayudarme a mostrar mi percepción de que la institución hace una labor a flor de piel: sensible, fácil, pronta (pero no de nalga pronta).

"Nunca había dimensionado todo lo que significa vivir con VIH hasta que empecé a trabajar en Inspira", aseguró Pablo como preámbulo a compartirnos algunas vivencias significativas en su labor en detección y consejería.  

¿El motivo de esa falta de perspectiva? "Creo que he sido muy privilegiado, yo decidí no usar condón desde los 28 años, porque no me gusta, simplemente no va conmigo", me explicó sin empacho alguno, y agregó que unos ocho meses después de esa decisión resultó positivo a la prueba de VIH.

"Creo que mi drama duró cinco minutos y dije: 'Ya, a la verga, lo que sigue, ya sé lo que tengo que hacer' (buscar atención médica en el IMSS, como derechohabiente que era)".

A un par de mis indiscretas preguntas sobe el soberano ejercicio de su libertad, Pablo respondió irguiéndose y siempre sonriendo:

"No tengo ningún infectado en la conciencia, ni uno solo [...] Yo no obligué a nadie [a coger], creo que cuando hay un acuerdo de hacer determinadas cosas y no nos forzamos y hablamos las cosas, pues uno sabe a qué se está enfrentado y arriesgando, y ya.

"Si alguien me dice que fui irresponsable, si lo quiere pensar, sí, y si yo lo pienso en ese momento pues sí a lo mejor fui irresponsable pero tampoco es que viva con ese remordimiento, creo que no hay peor cosas que una puta arrepentida".

Clap, clap, clap, el viento hizo chocar con fuerza las persianas verticales que sonaron como si ovacionaran a Pablo.

¡Un momeeento, cómo que aplausos, Pablo es coordinador del Programa de Salud Sexual de Inspira y estamos en una ONG enfocada a la "respuesta" –yo prefiero "lucha"– al VIH, donde se supone que el condón debe ser venerado como el Santo Grial de la prevención!

Lo dicho: me gusta Inspira por su enfoque no dogmático, como lo dejó de manifiesto Pablo matizando cuando le pregunté su opinión sobre las campañas oficiales de prevención –que ahora ni siquiera hay–, que suelen enfocarse solo en el uso del forrito de látex:

"Están bien para quien decide usarlo, no es que yo diga: '¡Qué aburrido!', o algo así, para nada. En esta parte del placer y del sexo vamos encontrando lo que mejor guía nuestros deseos y esté bien para cada quien".

Y el refrescante viento volvió a celebrar su punto de vista con el choque de persianas.

En la consejería tenemos que ser cazadores de conversaciones, afirmó Pablo Caisero, porque cuánta falta nos hace hablar de cómo ejercemos nuestra vida sexual.

"Pero creo que hace falta hablar de la población que mayoritariamente coge sin condón y de la que nadie habla: la población heterosexual. Finalmente ellos y ellas pueden coger sin condón y no son señalados y demonizados como los hombres que tenemos sexo con hombres, que claro que entiendo que la cuestión epidemiológica es diferente, pero se habla de nosotros, que decidimos coger a pelo, como si fuéramos lo peor".

La detección oportuna de VIH y otras infecciones de transmisión sexual representa una de las actividades primordiales de Inspira, que no ha dejado de realizar incluso en la pandemia de Covid, con previa cita. Me informaron que ¡4 mil 21 personas asistieron a sus servicios de salud sexual durante 2020!

Como un servicio integral, quienes resultan reactivos o positivos son orientados, canalizados e incluso acompañados presencial o con una llamada o correo electrónico a los servicios públicos de atención especializada capitalina o federal.

En la Clínica Condesa de la Ciudad de México, la ONG tienen para este fin un espacio, Apoyo Comunitario, con la puerta siempre abierta, ubicado estratégicamente junto al área donde se realizan las pruebas rápidas, y que busca brindar atención desde la empatía.

Prevención sin culpa

Además de sus Charlas de Café que abordan diferentes temáticas de salud sexual y en estos tiempos pandémicos migraron a la virtualidad, son célebres sus Noches de Detección, en una de las cuales el buen Pablo pudo dar contención a un chico que resultó positivo hablándole de su propia experiencia al no usar condón, incluso después de haber sido diagnosticado con VIH (hoy está comprobado que quienes somos indetectables, que mantenemos niveles por debajo de 40 copias del virus, no lo transmitimos aun en relaciones sin protección).  

"Cuando el chavo pasó conmigo para la orientación se derrumbó, y lloraba y lloraba porque decía que no se explicaba cómo, si siempre había usado un condón, en esa ocasión se había infectado. Porque además le había pasado con un chavo con el que se quería mucho, y llevaban mucho tiempo y ese día se rompió el condón y él decidió seguir. Y lloraba terriblemente porque nunca había tenido relaciones sexuales sin condón y bla, bla, bla.

"Yo lo escuchaba y le dije: 'No tienes ninguna culpa si el condón se rompió. Hay gente que no usa condón'. Y dice: '¿Pero cómo, quién?'. 'Yo no uso condón', le respondí, 'y no tengo ninguna culpa. No debes tener ninguna culpa por cómo ejerces tu vida sexual y nadie tiene que señalarte por cómo lo haces, mientras respetes a la otra persona y todo se dé en común acuerdo puedes hacer lo que se te dé la gana y no tienes ninguna culpa por eso, no tienes por qué cargarlo, suéltalo'.

"Y su cara cambió porque no se imaginaba que podía haber relaciones sexuales sin condón. Me quedé muy impactado porque no se vale que también le pongamos esa carga al condón y que lo liguemos a las personas para que carguen con eso, también es terriblemente inhumano".  

Esa mañana ventosa del pasado miércoles 7 de abril me flanqueaba, también guardando la distancia pero sin quitarse el cubrebocas, el licenciado en sociología de 28 años y VIH positivo Áxel Bautista, quien divertidamente se califica no como activista sino "pasivista" y es responsable del Proyecto de Adherencia (al tratamiento antirretroviral, que yo llamo "drogas de la vida").

Tras el relato de Pablo, Áxel comentó algo capital:

"Yo creo que también es porque hay un tema con la prevención, en general, ya sea el condón o la PrEP (profilaxis prexposición con base en la toma diaria de un antirretroviral) que hoy en día está reproduciendo más o menos los mismos imaginarios que se hacía desde el condón, que es el miedo. En vez de hablar desde el placer o desde el autocuidado, se habla mucho desde el miedo".

Igualmente asistía a la entrevista, casi sin intervenir, Aarón Rojas, administrador de 41 años y activo –o pasivo– en Inspira desde su constitución en 2013. Director de Programas y Educación, Aarón me propuso que escribiera una columna sobre el trabajo de Apoyo Comunitario, hace unas semanas cuando acudí a la vendimia que están realizando para obtener fondos con las 15 mil piezas de ropa nueva donadas por el español Grupo Inditex.

Mi querido amigo no tuvo que estrecharme en sus robustos brazos para que aceptara porque conozco y admiro su trabajo. Solo pedí que lo hiciéramos compartiendo testimonios personales e historias de vida, que es lo que a Nosotros los jotos más nos gusta.

Pablo, tan honesto y desparpajado, fue quien llevó la voz cantante para ilustrar que Apoyo Comunitario, provisto de un una oficina y terraza con algunas plantas propicia para ayudar a serenarse a quien lo necesite, tiene como política mantener la puerta abierta para escuchar a cualquier persona que se acerque.

Ubicado, como dijimos, en la Clínica Condesa, los chavos que atienden hacen más que acompañamiento de pares brindando orientación desde médica hasta burocrática, pues es un espacio de encuentro para las personas, familiares, compañeros, compañeras, parejas y demás redes de apoyo de quienes vivimos con VIH.

Así lo ejemplifica esta historia, una de las que Pablo tiene vivamente grabada por impactante, y que enfrentó a escasos tres meses de haber ingresado a Inspira:

"Un día llegó un chavo como de 40 años, lo recuerdo perfectamente porque era muy muy blanco y tenía un aspecto rojizo, como si se hubiera quemado mucho [al sol]. Llegó con su hermana y el esposo de su hermana, y resulta que él tenía unos 10 años que le habían diagnosticado VIH, pero nunca había decidido tomar su tratamiento.

"Era un chavo heterosexual, que nunca se había casado, clasemediero de la Del Valle, que se dedicaba a la compraventa de autos, y además era alcohólico. La hermana me pidió que si podía platicar con ellos acerca de lo que era el VIH y el tratamiento.

"Platiqué con ellos rápidamente, y después este chavo se quedó conmigo porque quería hablar de más cosas, y ya platicamos largo rato acerca de su vida, no concebía que como heterosexual, que solo tenía relaciones con mujeres, se hubiera infectado de VIH, y cargaba muchos prejuicios. Yo le hablé desde mi experiencia, le expliqué que el tratamiento ya no era como hace años de tomar un montón de pastillas, sino de una sola, y finalmente él me dijo: 'Bueno, voy a comenzar mi tratamiento'.

Recuerdo que yo lo vi bien, parecía una persona entera, pero en ese momento tenía un fuerte dolor en el pecho, motivo por el cual habían ido a la clínica, y logramos que ese mismo día le hicieran una radiografía. Quedamos en que iba a regresar la semana próxima con sus papeles porque ya se iba a dar de alta para el tratamiento y todo. Se despidieron, me dieron las gracias y ya.

"Nosotros llevamos un registro de las personas que tienen que regresar a los siete días para irlas monitoreando, y si no regresan llamarles y preguntar por qué no lo hicieron. En ese caso específicamente se me pasó llamar, pero el mismo día en que tenía que haberlo hecho iba ya saliendo del espacio de Apoyo Comunitario y encuentro a la hermana de este chavo con su esposo. En un principio no me acordaba de qué los conocía, tantas caras que vemos, pero me pidieron hablar y me regresé con ellos a la oficina. Entonces me acordé del chavo y le pregunte a su hermana, como muy normal:

–¿Qué pasó con tu hermano? No me digas que ya se arrepintió otra vez.

–No, Pablo, mi hermano falleció el día que vino contigo.

"Fue muy fuerte porque yo llevaba quizá tres meses en Apoyo Comunitario y no me había pasado que alguien falleciera a causa del sida. ¿Qué hago? No sabía cómo tenía que reaccionar. Entonces pasamos a la terraza, y comencé preguntando qué paso, cómo fue. Me dijo la hermana: 'Ese día, en la noche comenzó a vomitar sangre y se murió en los brazos de mi mamá'. Su mamá tenía 80 y tantos años. Y llamaron a la ambulancia y todo pero ya no pudieron hacer nada.

"Pero lo más bonito de todo, porque finalmente es algo muy bonito, fue que me dijo: 'Solo quería venir a darte las gracias porque mi hermano estaba muy convencido de tomar su tratamiento, y porque creo que tenemos que hacer esto cuando alguien muere de sida, tenemos que decirlo para que forme parte de las estadísticas y que esto no le vuelva a pasar a nadie'.

"Para mí fue muy impactante, y ese detalle también me hizo entender que el trabajo que estábamos haciendo servía a las personas e iba más allá por el hecho de que regresó la hermana y su pareja a decir: 'Gracias por lo que hiciste'. Porque aunque seguramente el hermano tuvo una muerte dolorosa, estaba en paz".

VIH a los 70 años

Para terminar esta entrega con optimismo, narremos otra historia que vivió Pablo, dura pero esperanzadora:  

"Comenzamos a recibir muchos casos de mujeres que fueron infectadas por sus parejas. Señoras de 60, 70 años que de pronto llegaban, su esposo se había muerto recientemente y ellas se enteraban que vivía con VIH, y era como el horror por todo lo que significa en una persona de esta edad, y aparte mujer.

"Recuerdo un caso muy especifico, de una mujer flaquita, bajita, morena, frágil en todo lo que significa frágil. Llegó y dijo: 'Oye, ¿me puedes ayudar? Es que mi esposo necesita ayuda'.

"Su esposo era un señor que estaba en los huesos, de color amarillo y los labios morados, y yo dije: 'Esta persona se va a morir aquí'. Resulta que el esposo tenía un montón de tiempo diagnosticado con VIH y no tomó sus medicamentos. Estuvimos con ellos acompañándoles todo el día en la clínica. Los habían rechazado en varios hospitales, así que fui a hablar con Luis Manuel Arellano [coordinador de Integración Comunitaria de la Clínica Condesa] para ver qué podíamos hacer, y con la doctora Andrea González [directora ejecutiva del Centro para la Prevención y Atención Integral del VIH/sida, del que depende la clínica] se movieron para que a esta persona la recibieran en un hospital.

"Ella no había comido en todo el día, vivían súper lejos, porque además es gente que no vive en la Ciudad de México y que llegan a la clínica porque a qué otro lugar podían llegar. Ella también vivía con VIH y no había tomado sus medicamentos porque no tenía posibilidad de tomarlos. Tenían tres hijos, un hijo se había muerto por que nació con VIH cuando ella no sabía que tenía VIH. Una historia dolorosa y terrible, y que dices: '¡Cómo pasan estas cosas!".

"Lo único en que ella pensaba era: 'Mis hijos, qué voy hacer con mis hijos, no me puedo morir, y aparte lo tengo que cuidar a él'. El caso es que al esposo lo llevan a al hospital y se recupera, pero aparte creo que era alcohólico y decide no tomar los medicamentos.

"A ella, afortunadamente, la acogen en la Clínica Condesa, y comienza a acercarse mucho a nosotros, va a nuestro espacio, platica con nosotros, en ese entonces éramos solo hombres los que estábamos ahí. Y yo recuerdo que lo único que hacía era escucharla hablar de lo que le pasaba, porque de qué otra manera podíamos ayudarla, ¿no?

"Y unos meses después ella decide dejar a su esposo. Yo dije: 'Es lo mejor que pudo haber hecho porque el señor no había manera de que entendiera nada'. Y al día de hoy, llamémosla Teresa, de pronto me manda mensajes y sé que está bien.

"Hay caso así que nos han tocado, y afortunadamente no se quedan en la parte de crisis, sino que logramos crear ese vínculo con las personas y acompañarles".

¡Hasta el próximo choque de chichis y braguetas, señoras y señores míos!

 

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